¡Obras y no solo palabras!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
San Mateo 21, 28-32
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: So 3, 1-2.9-13: Se promete la salvación mesiánica a todos los pobres.
Así dice el Señor:
«¡Ay de la ciudad rebelde, manchada y opresora!
No obedeció ni escarmentó, no aceptaba la instrucción, no confiaba en el Señor, no se acercaba a su Dios.
Entonces daré a los pueblos labios puros, para que invoquen todos el nombre del Señor, para que le sirvan unánimes.
Desde más allá de los ríos de Etiopía, mis fieles dispersos me traerán ofrendas.
Aquel día no te avergonzarás de las obras con que me ofendiste, porque arrancaré de tu interior tus soberbias bravatas, y no volverás a gloriarte sobre mi monte santo.
Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor.
El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, se hallará en su boca una lengua embustera; pastarán y se tenderán sin sobresaltos.»
Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
Salmo de Hoy:
Salmo 34(33), 2-3.6-7.17-18.19+23 (R.7a)
Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.
Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren.
Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.
Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor,
él lo escucha y lo salva de sus angustias.
Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.
Pero el Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias.
Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.
El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él.
Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.
Evangelio de Hoy:
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 21, 28-32: Vino Juan, y los pecadores le creyeron.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a ancianos del pueblo:
– «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.» Él le contestó: «No quiero.» Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: «Voy, señor. » Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»
Contestaron:
– «El primero.»
Jesús les dijo:
– «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»
Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
¡Obras y No Solo Palabras!
La primera lectura tomada del profeta Sofonías nos hace una profundización sobre lo que es el pecado y, consiguientemente, frente al pecado, la necesidad siempre actual de la conversión. De alguna manera, el profeta nos hace recordar que el pecado es huida de Dios, es desobediencia a Dios, es desconfianza en su poder, es falta de fe y de credibilidad al mensaje que Él nos da. Podríamos decir también que es rebeldía frente a la voluntad divina. A veces una vida humana llena de fanfarronería, de engaño, de mentira, de hipocresía, una enfermedad del alma, como la queramos llamar. Pero en el fondo nos muestra que todo el pecado nace de la soberbia humana y del hombre desconocer su realidad de criatura y como criatura que tiene un principio, pero que también tiene un final.
Frente a esta realidad del pecado se hace necesaria la conversión del corazón, la reorientación de la vida, el cambiar de foco en la existencia. Y esto exige un sincero confiar en el Señor, buscarle con toda la fuerza del alma, acercarnos a Él, seguirlo, escucharlo en las palabras; pero sobre todo con la práctica de la verdad, sin palabras engañosas.
Esto acontece precisamente con aquel pequeño grupo poblacional que hemos llamado el resto de Israel, el que no cayó en la idolatría, en la apostasía, en unirse a otros pueblos paganos; sino que se mantuvo como fiel depositario de las promesas de Dios. Un pueblo humilde y pobre, un grupo humano que sentía que en la humildad y en la búsqueda de la justicia y en el cumplimiento de los mandamientos, estaba la línea del verdadero encuentro con Dios. Para Sofonías el profeta, ser pobre en el fondo, es ser justo, vivir en obediencia a la voluntad de Dios.
Por eso, el salmo litúrgico de este día nos invita desde el dolor del arrepentimiento, del decir ¿qué he hecho con mi vida? A buscar al Señor, a clamar su auxilio y a ser escuchados por Él. En efecto, decimos con sentido orante: “El afligido invocó al Señor y Él lo escuchó”. Y en las estrofas de este salmo enunciamos: “Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca. Mi alma se gloría en el Señor. Que los humildes lo escuchen y se alegren. Contémplenlo y quedarán radiantes, su rostro no se avergonzará. El afligido invocó al Señor, Él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. El Señor Dios se enfrenta con el malvado para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de todas sus angustias”.
Pero pasemos al evangelio de hoy, tomado de san Mateo en el capítulo 21, cuando Jesús, hablándole a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, y hablando sobre lo que es una vida religiosa en teoría y una vida religiosa en verdad, habla de un hombre que, teniendo dos hijos, les envía a trabajar en la viña, en el campo, en la finca.
El primero le dice de entrada con sus palabras: “No quiero”. Pero luego, arrepentido y con sus obras, con su vida, desdice lo primero que ha dicho y se va en obediencia a trabajar en la viña de su padre.
Pero se acerca al segundo hijo, que de palabra le dice: “Sí, voy, señor”, pero en las obras no fue.
Jesús, frente a un ejemplo tan simple pregunta ¿cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre? Y contestan sumos sacerdotes y ancianos e importantes del pueblo, de la ciudad: “Cumplió el primero de todos y que lo respaldó con la vida”. Aprendemos de las abuelas: “Que obras son amores y no buenas razones”.
Hoy en nuestro mundo a veces somos muy buenos para afirmar el amor, la fidelidad en un altar, en una iglesia, en un día o ceremonia matrimonial. Pero luego no somos tan buenos para respaldar con la vida y con las obras esa obediencia y disposición del corazón a Dios. Nos pasa a todos. Recordamos también de nuestra madres y abuelas que decían “que el camino al infierno está sembrado de buenas intenciones”. Y es que en la vida no se trata sólo de palabras, sino de obras: obras de arrepentimiento, obras de conversión. Esto lo tenemos que decir muy a propósito de que hay discursos políticos, hay palabras aún en familiares y seres queridos que son muy buenos hablando de cómo vivir bien y ellos mismos, autodefiniéndose con palabras, con una vida aparentemente superior y de una moralidad más alta que los demás. Pero los hechos tozudos, la realidad es la que habla por nosotros. También en un aforismo de la sabiduría popular nos enseñaron “que las palabras vuelan, pero sólo el ejemplo arrastra”.
Los sumos sacerdotes y los ancianos tenían una religiosidad aparente, una religiosidad de formalismos, una religiosidad de palabras. Pero esto no es solamente de los sacerdotes del Antiguo Testamento o de los ancianos y de los ilustres en tiempos de Jesús; sino que a lo largo de la historia y de los siglos hemos encontrado muchas personas en el mundo de la familia, en el mundo del amor de pareja, en el mundo de los amigos, en el mundo laboral, del trabajo, las oficinas, el taller, la empresa, en el mundo público y político que son sólo palabras. Decían las abuelas “son como de los pájaros, buche y plumas”, se ven muy grandes, pero cuando tú miras quitándole las plumas, no queda nada de esta persona o de las verdades que dicen asistirle.
Hoy Jesús nos advierte sobre una falsa religiosidad que solo atiende a las palabras, pero que no se ve respaldada con obras de justicia, con obras de compasión, con obras de perdón y de amor.
Y hoy nos preguntamos ¿cuáles son características fundamentales de esa religiosidad y de esos hombres y mujeres religiosos en apariencia?
Y diría, una primera característica es la hipocresía que en el fondo disimula la incoherencia, disimula el pecado; de alguna manera, disfraza las incoherencias de vida. Porque entre decir amar y verdaderamente y con obras amar hay un camino bien largo, hay un trecho por recorrer.
Pero hay una segunda realidad sobre esa falsa religiosidad. Y es que a veces nuestras palabras nos llevan a un alivio psicológico que me permiten, por mis palabras de superioridad moral, sentirme mejor que los otros y distinto de los otros. Normalmente la gente buena no juzga, no señala, no acusa. Por el contrario, la gente mediocre, la gente incoherente, la gente incongruente con los valores o principios morales, éticos y filosóficos que dice vivir. A veces no se da cuenta, pero no tiene coherencia en su vida. ¿Por qué somos así? Es un misterio.
¿Por qué en el mundo laboral a veces los mejores trabajadores son personas silenciosas, calladas, que se presentan con su trabajo?; y ¿los trabajadores más malos son simplemente lenguones, lambones, aduladores, lisonjeros, que su mediocridad es tapada simplemente por la fuerza de su lengua?
Cuántos hay también que presumen ante terceros del amor por su familia, el amor por su esposa, esposo, el compromiso de vida que tienen con sus seres queridos; pero en el fondo, con las acciones se contradicen.
La vida me ha enseñado que las personas que presumen, alardean, se presentan como muy religiosas, muy buenas; a veces están llenas de grandes contradicciones.
El Papa Francisco (ya fallecido), decía, hablando de los rigoristas morales, “que detrás de una persona que es muy severa en sus juicios morales sobre los demás, probablemente hay patio trasero, hay solar, hay incongruencias, incoherencias en su vida”. Quizás el Papa, por la sabiduría que le habían dado los años, tenía este conocimiento profundo.
Pero finalmente, sobre la pregunta ¿por qué esa falsa religiosidad de hombres y mujeres de todos los tiempos? Diré que a veces vanidosamente, orgullosamente, queremos fungir con una superioridad moral, ética, aún religiosa, frente a los demás. Esto parece que nos hace sentir mejores, y simplemente nos recuerda a los fariseos que lejos de construir una sociedad judía mejor, se dedicaron simplemente a criticar, cuestionar, fastidiar la vida de Jesús, porque en el fondo nada proponían; sólo criticaban, sólo “denunciaban de los demás”.
Hoy que no nos pase a ti y a mí esto, hoy en muchos sectores humanos aún pienso en este momento, en algunos sectores de la prensa, que no todo sea meramente denuncia de los defectos de los demás; sino que haya también anuncio del bien, del amor, de la justicia y de las obras de vida que yo practico para hacer un hombre mejor, una sociedad mejor, un mundo mejor.
Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.