¡Vive en la luz!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
San Lucas 2, 22-35
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: 1Jn 2, 3-11: Quien ama a su hermano permanece en la luz.
Queridos hermanos:
En esto sabemos que conocemos a Jesús: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo le conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él.
Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que tenéis desde el principio. Este mandamiento antiguo es la palabra que habéis escuchado. Y, sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo -lo cual es verdadero en él y en vosotros-, pues las tinieblas pasan, y la luz verdadera brilla ya. Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en las tinieblas.
Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado
sus ojos.
Palabra de Dios, te alabamos Señor.
Salmo de Hoy:
Salmo 96 (95), 1-2a.2b-3.5b-6 (R.11a)
Alégrese el cielo, goce la tierra.
Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su nombre.
Alégrese el cielo, goce la tierra.
Proclamad día tras día su victoria.
Contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones.
Alégrese el cielo, goce la tierra.
El Señor ha hecho el cielo;
honor y majestad lo preceden,
fuerza y esplendor están en su templo.
Alégrese el cielo, goce la tierra.
Evangelio de Hoy:
Lectura del Santo Evangelio según San san Lucas 2, 22-35:
Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.»
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María su madre:
- «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»
Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
¡Vive en la luz!
En lo personal aconsejo de manera vehemente en este tiempo de vacaciones para muchísimas personas y en esta llamada Octava de Navidad, leer de manera tranquila y orante la primera Carta del apóstol san Juan, uno de los grandes tesoros por su densidad teológica, espiritual y mística, donde el discípulo más amado por Jesús que se recostó en su pecho, nos hace de manera lapidaria enunciación de frases y expresiones que nos aproximan, nos acercan al misterio del Niño Salvador en cuya Octava de Navidad nos encontramos todos celebrando como Iglesia.
Es que Juan, cuya fiesta o memoria litúrgica tuvimos el pasado 27 de diciembre, escribió además de su Evangelio y del Libro del Apocalipsis o Revelaciones tres preciosas y cortas, muy cortas cartas; pero me quedo definitivamente con la primera que tiene expresiones propias de un hombre de Dios, de un auténtico místico que nos acerca a contemplar la grandeza, la identidad y la gloria de Dios.
En esta primera Carta, en el capítulo 2, Juan nos recuerda que sólo conocemos y este conocer no es intelectual, sino experiencial. Sólo somos capaces de vivir a Jesús en nuestro corazón si guardamos, si cumplimos, si obedecemos sus mandatos. Y afirmará de manera tajante: “Que es un mentiroso y que vive engañado aquel que dice yo soy cristiano, yo soy católico, yo conozco al Señor, yo soy un verdadero creyente, soy un hombre de Dios; si no guarda de verdad, no cumple, no obedece los mandamientos del Padre Dios”. Y afirmará Juan: “La verdad no está en él”.
Pero nos animará y dirá: “Que quien guarda la Palabra del Señor, quien cumple sus mandatos, amar, perdonar, compadecer, servir, entregar la vida; ciertamente el amor de Dios ha llegado en esa persona a su plenitud”. ¿Cuántos de nosotros no sentimos que hay amor por Dios y de Dios en nosotros, pero que a veces estamos permítanme la expresión a “media máquina” y que no tenemos la plenitud, no experimentamos la totalidad del amor de Jesús por nosotros? ¿No nos sentimos permítanme nuevamente la expresión no nos sentimos “loquitos o loquitas” de amor por Jesús, porque en el fondo no lo hemos conocido, porque no obedecemos sus mandatos?
De manera tajante nos muestra “que sólo por el camino de la obediencia a la ley de Dios, al Evangelio de Jesús, permanecemos en Él, caminamos con Él como Él permanece en nosotros y camina con nosotros”.
Pero en un segundo momento, Juan nos dirá a propósito de la imagen preciosa de la luz y la oscuridad “que aquel que ama a su hermano de corazón permanece en la luz y no tropieza. Pero que quien aborrece, desprecia, margina, cancela, odia a su hermano está en la oscuridad”.
¿Cuántas personas conocemos tú y yo de prácticas religiosas externas, de participación en celebraciones sacramentales, pero que no se hablan hace años, tiempo largo, con una hermana o un hermano que los han cancelado, los han matado síquica, psicológicamente en su mente y tratan de fungir y presentarse como creyentes tranquilos, de calmar su conciencia?
Pero Juan de manera tajante dirá: “Que el que aborrece a su hermano está en las tinieblas, y por caminar en la oscuridad, está cegado en sus ojos y no sabe a dónde va”. Expresiones que no necesitan mayor explicación, expresiones que nos muestran que verdaderamente el cristianismo es obras y no palabras. Que es un amor superior que parte de la fe en el Señor y que lo recibimos del amor de Dios. Porque el amor en lo humano se queda corto, limitado, es imperfecto para amar a la manera en que nos amó Jesús. De hecho, recordamos su gran mandamiento: “Ámense unos a otros, pero no de cualquier manera, como Yo los he amado”.
Y siempre que pienses y te interrogues ¿cómo amo a mi familia, a mis seres queridos? Pregúntate si tu amor es desde lo meramente humano, o tu amor es desde Cristo inspirado e iluminado por Jesucristo. Y descubre que el amor de Cristo es un amor superior, porque mientras el amor humano no perdona todo, el amor de Cristo sí perdona todo. Mientras el amor humano se encierra en sí mismo, el amor de Cristo y el ejemplo que nos da se abre para todos los hombres y mujeres. Mientras el amor humano es orgulloso, el amor de Cristo es humilde. Mientras el amor humano es cambiante, veleidoso, caprichoso; el amor de Dios es constante como la luz del sol que no tiene ocaso.
Para nosotros nos parece que tiene ocaso por la rotación de la Tierra; pero el sol desde hace millones de años no ha dejado de brillar. Es la tierra en su movimiento de rotación la que hace que aparezca el día y la noche, pero el sol no tiene ocaso.
Pasemos ahora al salmo que nos invita a alegrarnos y a gozar: “Alégrese el cielo, goce la tierra precisamente por el Niño Salvador que nos ha nacido. Canten al Señor un cántico nuevo. Cante al Señor toda la tierra, canten al Señor, bendigan su nombre. El Señor ha hecho el cielo, honor y majestad lo preceden. Fuerza y esplendor están en su templo”.
Y ahora hablemos brevemente sobre el evangelio de Lucas. Cuando llegado los días de la purificación, terminados los 40 días desde el nacimiento del Niño hasta su Presentación en el Templo, y siguiendo la ley de Moisés o ley mosaica, el niño primogénito, niño mayor, varón, debe ser consagrado al Señor y rescatado de ser entregado toda la vida en el templo con unos pequeños animales ofrecidos en sacrificio, tórtolas o pichones de paloma.
Cuando entraban María y José con el Niño en el templo de Jerusalén, Simeón, un hombre de edad avanzada, piadoso y justo nos dice el evangelista Lucas, que esperaba la alegría de conocer al Mesías, impulsado por el Espíritu Santo corre al templo y allí se encuentra los padres de Jesús bebé, José y María y emocionado viendo al Niño, lo toma en sus brazos y proclama, ahora y lo dirá en oración: “Ahora, Señor, según tu promesa puedes dejarme morir; deja ir a tu siervo en paz, porque mis ojos, ya ancianos (y es un agregado personal) han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos”.
Y Simeón califica a este Niño de 40 días de nacido “que será luz para alumbrar a las naciones y gloria de su pueblo Israel”.
Hoy, cuando en nuestro mundo hay tanta confusión y tanta oscuridad, pidamos que la luz de Jesús, esto es el ejemplo de sus palabras, el testimonio de su vida, el poder de sus milagros, la fuerza de su entrega pascual, muerte en la cruz y Resurrección nos renueven la vida, nos iluminen interiormente.
Nuestro mundo de polarización, de enfrentamientos en X, en redes sociales, de insultos y gritos, de gobernantes déspotas, de falta de liderazgos positivos; nuestro mundo de vanidad y de apariencia, de esclavitud del propio yo. Cuánto necesita hoy la luz de ese Niño Salvador que como hizo hace 2000 años decía Simeón: “Es luz para alumbrar las naciones y será gloria del pueblo elegido”.
Pero la profecía de Simeón no se queda ahí, sino que, mirando a María, le dirá: “Este pequeño Bebé ha sido puesto para que muchos caigan y se levanten en Israel; algunos lo aceptarán, muchos se rebelarán contra Él”. Y lo calificará al Bebé “como un signo de contradicción”. Y a María le lanzará una profecía que se cumplirá 33 años después en las horas finales de la vida de Jesús cuando Simeón le dirá a María: “Una espada te traspasará el alma”, para que se ponga de manifiesto los pensamientos de muchos corazones.
Hoy entendamos que la luz y la cruz están presentes en la vida de todo ser humano. Que la salvación del alma propia y la salvación de otras personas de su alma se alcanza por la oración que nos ilumina, por el amor que ilumina la vida de otros y por la cruz que abrazamos en la que padeció Jesús y de la que participó también indirectamente la Virgen María.
Qué hermosas lecturas tan propias de esta llamada Octava de Navidad, el gran día de Navidad celebrado por ocho días. Y pidámosle simplemente al Señor vivir en la luz, y la luz es solo Jesús que nos ha nacido.
Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.