¿Por qué rechazamos a Cristo?

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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO San Juan 14, 7-14 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: Hch 13, 44-52: El sábado siguiente, casi toda la ciudad acudió a oír la palabra de Dios. Al ver el gentío, a los judíos les dio mucha envidia y respondían con insultos a las palabras de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé dijeron sin contemplaciones: -«Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: «Yo te haré luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el extremo de la tierra.»» Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y los que estaban destinados a la vida eterna creyeron. La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio. Ellos sacudieron el polvo de los pies, como protesta contra la ciudad, y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo. Palabra de Dios. Te alabamos Señor Salmo de Hoy: Salmo 97, 1-2ab.2cd-3ab.3cd-4: Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según San Juan 14, 7-14: Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – «Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.» Felipe le dice: – «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Jesús le replica: – «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre; y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.» Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.

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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES La profecía de Simeón a María cuando toma el Niño Jesús en sus brazos y le dice a la Madre: “Que este Niño será signo de contradicción entre los hombres, bandera discutida, unos lo acogerán y se levantarán, otros tropezarán y caerán con ocasión de aceptar o de rechazar su mensaje”, se cumple claramente a lo largo de los años, sobre todo en esta primera lectura de Hechos de los Apóstoles, que nos presenta el discurso inaugural de Pablo, que despierta un vivo interés entre muchos judíos, como también lo hubo el discurso inaugural de Pedro el día de Pentecostés, o el mismo discurso inaugural de su vida pública de Jesús en la sinagoga de Nazaret, que nos relata el capítulo 4 de san Lucas. Pero descubrimos que no todos están dispuestos a aceptar, a acoger, a recibir el mensaje revolucionario por demás que propone Jesús. De hecho, la primera lectura de hoy y ante el discurso de Pablo, nos dice: “Que los judíos se llenaron de envidia al escuchar las palabras de Pablo sobre lo que el Señor Jesús había hecho en su vida, y respondían con blasfemias a su discurso”. Por el contrario, Pablo y su fiel amigo Bernabé, con valentía les dirán a los judíos: “Teníamos que anunciarles primero a ustedes como el pueblo elegido por Dios, la palabra divina; pero como la rechazan y no se consideran dignos de la vida eterna, sepan que nos dedicaremos a los pueblos gentiles, esto es, a los no judíos”. Nos dirá la primera lectura de hoy: “Que los pueblos gentiles se alegraron y alababan al Señor, porque se sentían también destinatarios de la vida eterna, que en principio había sido dada al pueblo elegido por Dios, los judíos, pero que ellos no supieron valorar, no supieron recibir”. Es que es tal la hostilidad contra el mensaje de Jesús que nos dirá la primera lectura de hoy: “Que los judíos incitaron, intrigaron contra algunas personas distinguidas en la ciudad y adoradoras de Dios para provocar una violenta persecución contra Pablo y Bernabé, logrando que los expulsaran de su territorio. Pero esto no acobardó, no arredró, no amilanó a estos apóstoles, sino que ellos, sacudiéndose el polvo de los pies (en señal de desprecio frente a la agresividad y hostilidad judía), se sacuden el polvo de los pies y se van a otra ciudad, a Iconio”. Y nos dice el texto, finalmente: “Que los discípulos que quedan allí evangelizados se llenan de alegría y del Espíritu Santo”. Pero hoy, como hace dos mil años, nos preguntamos ¿por qué rechazamos a Cristo?, ¿por qué su mensaje de amor, de perdón, de compasión, de entrega generosa y sin límites de la propia vida, resulta chocante y fastidioso a la sociedad que privilegia la vanidad, el egoísmo, el endiosamiento personal, el culto a la propia imagen? Y encuentro algunas verdades fundamentales. La primera. El rechazo a Cristo se da por esa eterna batalla en el corazón humano entre la credulidad a las tradiciones personales, religiosas, a la credibilidad en nuestros criterios, nuestras maneras de ver la vida, nuestros prejuicios y precomprensiones personales. Esa es la credibilidad o credulidad en nosotros mismos que nos hace incrédulos para recibir un mensaje, una doctrina, unos valores de vida que de entrada chocan con nuestras comprensiones históricas y tradicionales. Pero una segunda verdad de por qué rechazamos a Cristo, diría que es la ceguera para ver las obras de Dios, las obras del Evangelio, las obras de vida nueva y de vida eterna. De hecho, en el evangelio de hoy de Juan, capítulo 14, Jesús invitará a quienes lo escuchan: “A que si no creen en Él por sus palabras, crean en Él por las obras que realiza”. Y si en verdad quieres descubrir el valor de una persona, reconoce la máxima evangélica “que un árbol bueno se conoce por sus frutos y una vida santa y verdadera se conoce también por sus frutos de evangelización, de renovación en la vida”. Hoy, cuando sentimos que estamos en un cambio de época, nos preguntamos ¿si la Iglesia está dando los frutos de conversión, de santificación, de renovación de la vida de millones de personas? o por el contrario, ¿se ha quedado con un discurso un poco seco, un poco árido, un poco cansado y cansino, que al mundo de hoy poco le dice? Los frutos de una iglesia verdadera se darán simplemente, o mejor, los signos de la Iglesia verdadera se reconocerán por los frutos de renovación de sus fieles, de esos 1.400 millones de católicos que están llamados a ser sal de esta tierra, luz para la humanidad. Pero diríamos en un tercer lugar, además de solamente darle credibilidad a nuestros criterios. Dos. La ceguera para ver las obras de renovación, que es el distintivo del verdadero evangelizador. Habría una tercera realidad de por qué rechazamos a Cristo, y es la soberbia personal, la autosuficiencia de la vida, el sentirnos dueños de la verdad. Esto aconteció con el pueblo que en principio fue elegido por Dios, los judíos que se sintieron dueños de Dios, destinatarios únicos de la liberación y de la alianza que Él había hecho. Y es cierto en principio con ellos, pero ante su rechazo, Jesús amplía la alianza de amor eterno con toda la humanidad. Nosotros, de hecho, somos el nuevo Israel como Iglesia, somos el nuevo pueblo de Dios, porque el primero y viejo pueblo no aceptó, no acogió, rechazó el mensaje de Jesús, bien por envidia, bien por soberbia, bien por ceguera, bien por dureza de corazón, bien por incredulidad, por estar encerrados en sus criterios y sentirse dueños de la verdad. En nuestro mundo y en esta nueva etapa de la Iglesia con un nuevo Pontífice, pidamos la gracia de reconocer el Señor qué nos pide para este momento de la historia y de la evangelización. Dejemos atrás prejuicios, soberbias, cegueras humanas, y entendamos que estamos llamados a vivir más cerca de los demás, a tender puentes, a ser más cercanos a los otros. Señor, bendice el nuevo Papa, bendice a la Iglesia, bendice a todos los evangelizadores, que en nuestro corazón nos abramos ante Jesús, ciertamente, signo de contradicción para todos los tiempos. Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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