¡Misericordia!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
San Lucas 15, 1-32
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: Ex 32, 7-11.13-14:
En aquellos días dijo el Señor a Moisés:
-Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un toro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: «Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto.»
Y el Señor añadió a Moisés: -Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo.
Entonces Moisés suplicó al Señor su Dios: -¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac y Jacob a quienes juraste por ti mismo diciendo: «Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre.»
Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.
Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
Salmo de Hoy:
Salmo 51(50), 3-4.12-13.17.19:
Me pondré en camino adonde está mi padre.
Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa.
Lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.
Me pondré en camino adonde está mi padre.
Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.
Me pondré en camino adonde está mi padre.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado,
un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias.
Me pondré en camino adonde está mi padre.
Segunda Lectura: 1Tm 1, 12-17:
Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio.
Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un violento.
Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía.
Dios derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano.
Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: Que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero.
Y por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna.
Al rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
Evangelio de Hoy:
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 15, 1-32: Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta.
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: -Ese acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les dijo esta parábola: -Sí uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: -¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas para decirles: -¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.
Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.
Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
¡Misericordia!
En este día todas las lecturas están transversalizadas por un valor fundamental en el evangelio, la ¡Misericordia! En efecto, en la primera lectura tomada del Libro del Éxodo, “ante la idolatría del pueblo de Israel que se ha fundido un becerro de oro y que adoran, y ante la aparente ira de Dios, Moisés clama su compasión”. Y concluirá el texto diciendo: “El Señor se arrepintió de la amenaza de destruir a su pueblo”.
En esa misma línea encontramos el salmo Miserere o el salmo que empieza con la palabra misericordia y como respuesta litúrgica, como asamblea celebrante, decimos: “Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi Padre”.
Igualmente, la segunda lectura, tomada de la Carta de Pablo a Timoteo, reconoce como Dios, más allá de las fragilidades del apóstol ha tenido compasión de él y afirma de manera tajante una expresión universal: “Dios tuvo compasión de mí porque no sabía lo que hacía, pues estaba lejos de la fe”.
Eso acontece con muchos pecadores cuando después de 30, 35 años de no confesarse sacramentalmente, acuden ante Dios en la persona de un sacerdote y dicen con humildad, con luz en su corazón y sabiduría “Pido perdón a Dios porque no sabía lo que hacía, estaba alejado de Él, hice sufrir a muchas personas, empezando por mi familia y malogre, malogre mi vida”.
Son las palabras universales ahora en labios del apóstol Pablo, pero a lo largo de los siglos, a lo largo de los siglos, todos nosotros en algún momento hemos dicho “no sabíamos lo que hacíamos”. Y podremos decir también con el apóstol Pablo en el texto de la segunda lectura de hoy: “Sin embargo, la gracia de nuestro Señor Jesucristo sobreabundó en mí, junto con la fe y el amor que tiene su fundamento en Cristo Jesús”.
Tanto la primera lectura de Éxodo 32 como el salmo Miserere, y la segunda lectura de Pablo a Timoteo nos permiten entender perfectamente las tres más hermosas parábolas sobre la misericordia de Dios: La del hijo pródigo, del Padre misericordioso. La del hombre que pierde una oveja y va a buscarla, dejando las 99 en el redil. Y la de la mujer que se le extravía una moneda y barre toda la casa para encontrar aquella moneda extraviada.
Pero quedémonos con la parábola más impresionante de toda la Biblia sobre el misterio de la misericordia de Dios y reconozcamos que es una narración eterna y universal que retrata la doble mirada de juicio y condena humana por parte del hermano mayor, y de perdón y de comprensión divina por parte del Papá en la parábola evangélica.
Hoy reconocemos que con más frecuencia de la deseada reparamos en los defectos más que en las cualidades de los demás. Miramos la suciedad en la pared antes que la pared blanca completa. Cada uno en su libertad decide, sabia o ciegamente con qué se quiere quedar de cada persona, con lo mejor de ella, la pared blanca o con lo peor de ella, la pequeña suciedad en la pared.
Aprendamos de esta parábola evangélica del Padre Misericordioso que es figura de Dios, su entrega generosa en la herencia, que es la vida que nos da a todos nosotros y que el hijo menor dilapidó con amigotes y con malas mujeres. El hijo mayor que es figura de los fariseos y de muchos hombres, le reprocha con amargura haberle entregado la herencia a su hermano menor y le cuestiona por qué, al regresar le mandó sacrificar el ternero más gordo para hacerle fiesta.
Pero hay una segunda imagen universal, la del hijo menor, que somos también todos nosotros en nuestro pecado, en nuestras limitaciones, en nuestro barro personal. Y este hijo menor, en un momento determinado de su vida, reflexiona, recapacita, toca fondo en su vida, le toca cuidar cerdos. Y allí, cuando entra dentro de sí mismo, se confía a la misericordia de su Padre, antes que, en la compasión de su hermano, que está ausente en la escena inicial, cuando el hijo pródigo regresa.
Pero encontramos una tercera imagen y es “cuando el Padre ve regresar a su hijo”. Y el evangelio, rico en detalles, nos habla de “cómo el Padre, al Papá (imagen de Dios), se le conmueven las entrañas. Sale corriendo al encuentro de su hijo calavera, de su hijo loco. Se abalanza sobre su cuello, lo abraza y lo cubre de besos llenos de ternura”.
Por el contrario, la actitud de su hermano mayor, hijo mayor, también del Padre Dios, la imagen de los fariseos que se sentían mejores, distintos, mayores en sabiduría que los demás hombres. Al llegar a casa y escuchar la música, indignado, no quiere entrar a la fiesta, aunque su Padre, en su ternura, trata de persuadirlo para que ingrese.
Y aquí hay una cuarta enseñanza que nos pone a pensar, mientras Dios Padre se alegra por el regreso de su hijo calavera y lo viste con la mejor túnica, signo de la dignidad de hijo. Le da el anillo, le pone el anillo en la mano, signo de la alianza de amor, y le coloca sandalias en los pies y le manda a matar el ternero más gordo y hace fiesta porque este hijo estaba perdido y lo ha recuperado. Su hermano mayor, imagen de los hombres no se alegra, reprocha amargamente a su Padre diciéndole: “Tantos años de servicio y obediencia, sin darme siquiera un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos” (en una clara justificación de sus méritos), como lo hacían los fariseos cuando decían “ayuno dos veces por semana, pago el diezmo del comino, el anís y la pimienta. Y no soy como ese vulgar publicano que está aquí en el templo, en la parte de atrás”.
Finalmente, el Padre Dios, invitando a su hijo mayor a reconocer al hijo menor como hermano suyo, le dirá literalmente: “Ese hermano tuyo estaba perdido y lo hemos encontrado y debes alegrarte. No lo llames simplemente, tu hijo, reconócelo como tu hermano, no lo mires despectivamente, reconócete igual a él”.
Hoy, descubramos nosotros, a partir de esta parábola, cuánta compasión, cuánta misericordia ha tenido Dios en nuestra vida y cuánta compasión o falta de compasión y falta de misericordia tenemos con nuestros hermanos y sus defectos.
Quisiera concluir presentándote en pequeñas frases síntesis, lo que es el más grande don de Dios, su misericordia. Recordando precisamente cuando hace algunos años, en un Año Santo extraordinario, el de la Misericordia, el Papa de entonces Francisco afirmaba: ¡El nombre de Dios, el nombre de Dios es Misericordia!
Te presento estas sencillas frases.
La primera, “la misericordia es sobre todo un regalo, una gracia divina”. Es la capacidad de tener la mirada de Cristo para entender a las personas.
Segunda frase, “la misericordia es un camino de santidad”. De hecho, decimos “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia de Dios”. ¿Cuál camino de santidad?, ¿cuál camino de cielo quieres escoger para tu vida?
Tercera frase, “sólo es misericordioso quien primero recibe y acoge la misericordia de Dios en su vida”. Pero si rechazamos el perdón y la compasión de Dios, no obtendremos perdón ni compasión con los demás.
Cuarta frase, la misericordia es un puente de unión entre las personas que permite que se superen divisiones, se sanen los conflictos que no se van a superar si no tenemos una mirada misericordiosa sobre la falta, la ofensa, la equivocación de aquella persona que es mi prójimo.
Quinta frase, la misericordia en el fondo, nos ofrece una mirada realista sobre la condición humana, que todos somos de barro, que todos nos equivocamos, que todos nos caemos y que frente a nuestra miseria sólo cabe misericordia de parte nuestra y de parte de Dios. Nunca lo olvides, “la palabra miseria, miserable y misericordia, estas tres palabras tienen la misma raíz”. Es que la misericordia es tener corazón frente a la miseria del miserable.
Sexta frase, “la misericordia es un sello de seguridad a nuestra lengua”. Por misericordia aprendemos a callar y a silenciar nuestra lengua, a no revelar las miserias que descubrimos en los demás, a no juzgar para no ser juzgados, a no condenar para no ser condenados. Cuántas veces nuestra falta de misericordia empieza, sobre todo por la falta de prudencia en nuestra lengua.
Séptima frase, “cuando somos misericordiosos, nos abrimos a la bendición de Dios”. Es bendecido, es bendecido tanto el que recibe como el que entrega, da, otorga misericordia a los demás. Nunca olvides que la medida que usemos la usarán con nosotros y aun con añadidura.
Octava frase, “aunque todos los caminos de Dios hacia los hombres parecen tan diferentes, al final todos son caminos de misericordia”. Tal vez nos corrige a unos más que a otros. Tal vez nos trata con ternura más a unos que a otros. Pero al final de la vida constatamos que nos preocupamos sin necesidad, porque más allá de las pruebas y sufrimientos, Dios siempre quiso corregirnos, podarnos para que diéramos más frutos. Y la misericordia de Dios siempre, siempre nos acompañó.
En una novena y penúltima frase, reconoce “que solo el que padece se compadece”. La misericordia nos hace más humanos y a la vez más divinos. Y cuando hay mayor autoconocimiento de nuestra miseria, de nuestro barro, de nuestras equivocaciones, podemos ser más misericordiosos con los demás, dejar a un lado los juicios severos y el orgullo personal.
En una décima frase y final, podría decir “que el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar con seguridad el corazón de Cristo que perdonó hasta la muerte, murió perdonando”. Que ese perdón fuerza que nos resucita y nos lanza a una vida nueva, sea inspiración para que no condenemos, no guardemos rencores frente a nadie.
Concluyo invitándote a conocer las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo. Pero también las obras de misericordia espirituales: aconsejar, enseñar, corregir, consolar, perdonar, soportar con paciencia los defectos ajenos y orar.
¡Qué hermoso es un corazón cuando es misericordioso!
Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.