¡Guías ciegos!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
Mateo 23, 23-26
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: 1 Tesalonicenses 2, 1-8
Hermanos: Bien saben que nuestra estancia entre ustedes no fue inútil, pues a pesar de los sufrimientos e injurias que padecimos en Filipos y que ya conocen, tuvimos el valor, apoyados en nuestro Dios, de predicarles su Evangelio en medio de una fuerte oposición.
Es que nuestra predicación no nace del error ni de intereses mezquinos ni del deseo de engañarlos, sino que predicamos el Evangelio de acuerdo con el encargo que Dios, considerándonos aptos, nos ha hecho, y no para agradar a los hombres, sino a Dios, que es el que conoce nuestros corazones.
Nunca nos hemos presentado, bien lo saben ustedes y Dios es testigo de ello, con palabras aduladoras ni con disimulada codicia, ni hemos buscado las alabanzas de ustedes ni las de nadie. Aunque hubiéramos podido imponerles nuestra autoridad, como apóstoles de Cristo, sin embargo los tratamos con la misma ternura con la que una madre estrecha en su regazo a sus pequeños. Tan grande es nuestro afecto por ustedes, que hubiéramos querido entregarles no solamente el Evangelio de Dios, sino también nuestra propia vida, porque han llegado ustedes a sernos sumamente queridos.
Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
Salmo de Hoy:
Salmo 139(138), 1-3.4-6
Condúceme, Señor, por tu camino.
Tú me conoces, Señor, profundamente;
tú conoces cuándo me siento y me levanto,
desde lejos sabes mis pensamientos,
tú observas mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.
Condúceme, Señor, por tu camino.
Apenas la palabra está en mi boca,
y ya, Señor, te la sabes completa.
Me envuelves por todas partes
y tienes puesta sobre mí tu mano.
Esta es una ciencia misteriosa para mí,
tan sublime, que no la alcanzo.
Condúceme, Señor, por tu camino.
Evangelio de Hoy:
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 23, 23-26
En aquel tiempo, Jesús dijo a los escribas y fariseos: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque pagan el diezmo de la menta, del anís y del comino, pero descuidan lo más importante de la ley, que son la justicia, la misericordia y la fidelidad! Esto es lo que tenían que practicar, sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que cuelan el mosquito, pero se tragan el camello!
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera los vasos y los platos, mientras que por dentro siguen sucios con su rapacidad y codicia! ¡Fariseo ciego!, limpia primero por dentro el vaso y así quedará también limpio por fuera”.
Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
¡Guías ciegos!
La primera lectura tomada de la primera Carta del apóstol san Pablo a la comunidad de Tesalónica, nos muestra como el apóstol de los gentiles, Pablo, expone su actuación misionera entre todos los habitantes de esta ciudad. Les recuerda Pablo “la valentía con la que les proclamó el evangelio a pesar de las dificultades y obstáculos sufridos en su momento en Filipos, y que se repitieron en la misma ciudad de Tesalónica”, (a quienes dirige esta carta).
Habla también el apóstol Pablo “de que su predicación ha sido con autenticidad. No le ha movido el lucro económico, ni ha cedido al halago de los oyentes, ni ha predicado un mensaje facilista, como lo hacían otros predicadores en su tiempo. Su fin siempre fue agradar a Dios, siendo fiel en la exposición del mensaje, sabedor de que Dios juzgará la obra misionera y que Dios es testigo de todo, aún de los pensamientos e intenciones más íntimas del corazón que permanecen ocultas a la mirada humana”.
Pablo terminará defendiendo su predicación y hablando “de su desinterés total, pues pudiendo exigir en calidad de apóstol el respeto y el honor correspondientes y los subsidios económicos necesarios, se comportó con los habitantes de Tesalónica como una madre o como un papá que se olvida de sí mismo para atender a sus hijos”. Y finalizará este maravilloso ejemplo de actuación apostólica como un programa, mostrándolo “como programa para el misionero y una maravillosa reflexión para los catequizados por el reconocimiento que deben a los que proclaman el Evangelio de Jesús”.
Pero continuemos nuestra reflexión a propósito del discurso contra los fariseos de Mateo capítulo 23, donde Jesús contra la veracidad que es la verdad en las palabras, y contra la sinceridad que es la verdad en la vida, se opone a los fariseos y a su hipocresía. Ellos, los fariseos, se muestran puntillosos, cositeros al momento de interpretar el precepto del diezmo anual, llegando a situaciones tan pequeñas a nimiedades como hablar de la menta, el hinojo y el comino que sirven para aromatizar una casa o condimentar la comida.
Pero en cambio, estos fariseos silencian y omiten los preceptos más importantes de la ley, como son la justicia, la misericordia y la fidelidad. Cristo siempre aprobará la obediencia de la ley, pero no el legalismo, y denunciará la falta de veracidad al silenciar aspectos muy importantes de la voluntad divina. Denunciará “cómo los fariseos buscan la exterioridad, la apariencia, pero descuidan el fondo del alma donde anidan sus intenciones por demás muy torcidas”.
Pero ¿qué podemos decir de toda esta reflexión?, ¿actualizarla al mundo de hoy?
Podemos afirmar que la hipocresía es tan antigua como el hombre. ¿Definir a la hipocresía como falsedad, disimulo, ocultamiento de las intenciones del corazón, intenciones egoístas, intenciones ambiciosas, intenciones mezquinas? El hipócrita o el fariseo destruye las relaciones humanas porque no puede haber confianza donde no hay sinceridad. Se presentan falsos afectos, se pretenden exhibir como guías, pero en el fondo están más ciegos que aquellos discípulos a los que ellos siguen. Buscan amistad por conveniencia o interés y amoldan los principios morales y éticos en beneficio o interés propio.
Ya la Sagrada Escritura con Jeremías capítulo 17 nos dirá “que nada hay más engañoso y enfermo que el corazón humano”, ¿quién lo comprenderá? Pero también la Escritura nos dirá “Bienaventurados los limpios de corazón, sin hipocresías, porque sólo ellos verán a Dios”.
Pero ¿cómo limpiar el corazón?, ¿cómo no ser unos guías ciegos?, ¿cómo tener esa higiene espiritual?; ¿no sólo de la copa, del plato, no sólo del cabello, de los dientes, de los pies en la higiene personal? Te propongo algunas reglas que pueden ayudarnos a purificar las intenciones de nuestro corazón.
La primera, tratemos de conocernos a nosotros mismos, con alguna profundidad, hagamos un examen de conciencia diario. ¿Qué me motiva a pensar, hablar, a decidir, a actuar de tal o cual manera? ¿Qué busco en las relaciones con los demás?, ¿hay sinceridad?, ¿hay amor, hay compasión, interés por la justicia? O ¿hay conveniencia, hipocresía?, ¿hay de alguna manera un interés oculto, egoísta y mezquino donde busco sacar provecho de los demás? Conozcámonos en la profundidad de nuestra conciencia y aprenderemos el camino de la sinceridad del corazón.
Una segunda forma de limpiar el corazón y no ser guías ciegos, es dejar el vicio de juzgarlo todo, porque nos encanta “mirar la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio ojo”. Olvidamos que quien fácilmente juzga de otro, difícilmente se conoce a sí mismo y no dejamos de ser murmuradores, cositeros, llenos de prevenciones y prejuicios y así criticando de todo volvemos nuestra vida o la crítica, deporte olímpico.
Pero además uno, de conocernos a nosotros mismos. Dos, de dejar el vicio de juzgarlo todo. Tres, aprendamos a ayunar de la vanidad y del orgullo, de la esclavitud, de quedar siempre bien ante los demás. Ya lo decía el pensador griego: “La falsa humildad es el orgullo del hipócrita”. A veces pensamos, hablamos, decidimos, actuamos vanidosamente. Es más, lo hacemos muchísimas veces aparentando lo que no somos, presumiendo de lo que no tenemos. De alguna manera, hablando de los viajes que no hemos realizado, de las posesiones que no tenemos. Recuerda que no eres importante por la opinión que los demás tengan sobre ti. Eres solo importante por la mirada que Dios tiene sobre tu corazón.
Hoy cuando veo en las redes sociales que endiosamos una persona hoy y mañana la crucificamos, pienso qué absurdo es exponernos a darle todo el poder de nuestra vida al reconocimiento humano, al reconocimiento de los hombres.
En una cuarta regla, descubramos que toda mentira, toda malicia, toda vanidad, se cae con el paso del tiempo, que le falta peso existencial y que como el viento o como el humo, pretendemos atrapar lo que es imposible de atrapar. Nos dirá el pasaje evangélico: “No hay nada oculto que no llegue a saberse y no hay nada cubierto que no llegue a descubrirse”. Cuantas veces por el afán de aparentar y aparecer y al final quedamos en ridículo cuando se conoce la vaciedad, la pobreza de nuestra vida.
En una quinta regla, te invito a que pases de la falsa religiosidad, del aparecer, el sentirte bueno y pases a la auténtica espiritualidad del corazón. Que pasemos del cumplimiento de ritos, de normas, pasemos a una actitud de servicio, de justicia, de misericordia. No ayunemos, no demos limosna, no oremos en público para ser vistos por los demás. Como dice el texto evangélico: “Hagámoslo en el silencio de nuestro corazón, de nuestro cuarto, de nuestra habitación y que nuestra mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha”.
Recordemos que nadie es bueno, sino sólo Dios, y pretender mostrarnos buenos y perfectos ante los demás, además de ser una gran necedad, es una inmensa mentira, porque pecadores y de barro somos todos.
En una sexta regla te invito a que escuches, medites, reflexiones y ores la Palabra de Dios. Pregúntate muchas veces a la hora de purificar tu corazón ¿qué haría Jesús en mi lugar?, ¿qué pensaría?, ¿cómo actuaría?, ¿qué decisión tomaría? Y descubramos como la Palabra de Dios nos confronta en nuestras hipocresías, fariseísmos, en esa tentación universal de quedar bien frente a los demás.
Finalmente en una séptima regla, descubramos que estamos llamados a cultivar el temor de Dios, que no el temor de los hombres. Aprender a vencer falsos respetos humanos, a entender que sólo valgo ante Dios en la interioridad de mi habitación y que el temor de Dios, como dice la Palabra, “es principio universal de toda verdadera sabiduría humana”. La vida me ha enseñado que cuando no hay temor a Dios y a su ley, hay mucho temor de los hombres y de sus preceptos cambiantes y caprichosos.
Hoy descubre que el que con humildad no se arrodilla ante Dios, con humillaciones termina arrodillado ante cualquier persona que en el fondo puede despreciarte. Deja el fariseísmo y aprendamos estas reglas de oro para limpiar el corazón, para tener luz en el alma y para dejar de ser “guías ciegos”, como Jesús llamaba a los fariseos de su tiempo.
Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.