¡Aprende de los niños!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
San Mateo 19, 13-15
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: el libro de Josué 24, 14-29:
En aquellos días, Josué continuó hablando al pueblo:
“Pues bien, Temed al Señor; servidle con toda sinceridad; quitad de en medio los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del río y en Egipto; y servid al Señor. Y si os resulta duro servir al Señor, elegid hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros padres al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; que Yo y mi casa serviremos al Señor”.
El pueblo respondió:
“¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses! Porque el Señor nuestro Dios es quien nos sacó, a nosotros y a nuestros padres, de la esclavitud de Egipto; quien hizo ante nuestros ojos, aquellos grandes prodigios y nos guardó en todo nuestro peregrinar y entre todos los pueblos que atravesamos. El Señor expulsó ante nosotros a los pueblos amorreos que habitaban el país. También nosotros serviremos al Señor; ¡es nuestro Dios!”
Josué dijo al pueblo:
– “No lograréis servir al Señor, porque es un Dios Santo, un Dios celoso. No perdonará vuestros delitos ni vuestros pecados. Si abandonáis al Señor y servís a dioses extranjeros, se volverá contra vosotros y, después de haberos tratado bien, os maltratará y os aniquilará”.
El pueblo le respondió:
– ¡No! Serviremos al Señor.
Josué insistió:
– “Sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido servir al Señor”.
Respondieron:
– “¡Somos testigos!”
– “Pues bien, quitad de en medio los dioses extranjeros que conserváis, y poneos de parte del Señor Dios de Israel”.
El pueblo respondió:
– “Serviremos al Señor nuestro Dios y le obedeceremos”.
Aquel día Josué selló el pacto con el pueblo, y les dio leyes y mandatos en Siquén. Escribió las cláusulas en el Libro de la Ley de Dios, cogió una gran piedra, y la erigió allí, bajo la encina del santuario del Señor, y dijo a todo el pueblo:
– “Mirad, esta piedra, que será testigo contra vosotros, porque ha oído todo lo que el Señor nos ha dicho. Será testigo contra vosotros, para que no podáis renegar de vuestro Dios”.
Luego despidió al pueblo, cada cual a su heredad.
Algún tiempo después murió Josué hijo de Nun, siervo del Señor, a la edad de ciento diez años.
Palabra de Dios, te alabamos Señor.
Salmo de Hoy:
Salmo 16, 1-2a.5.7-8.11:
Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.»
El Señor es el lote de mi heredad y mi cáliz,
mi suerte está en tu mano.
Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.
Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.
Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.
Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.
Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.
Evangelio de Hoy:
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 19, 13-15:
En aquel tiempo, le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos, pero los discípulos les regañaban.
Jesús dijo: – “Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el Reino de los Cielos”. Les impuso las manos y se marchó de allí.
Palabra del Señor, Gloria a ti Señor Jesús.
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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
¡Aprende de los niños!
Hace pocos días hablaba con una persona que después de un doloroso proceso de cáncer de estómago, con sucesivas quimioterapias, cirugía del 80% de su estómago extirpado y luego una nueva tanda de quimioterapias, ha visto la luz de la vida más allá de que ella misma se sentía atrapada en el sepulcro de la muerte. Rescatada de semejante enfermedad, afirmaba: “He sido un hombre pecador y hoy sólo quiero obedecer a Dios, sus leyes, sus mandatos; después de ver que me ha arrebatado de las garras de la muerte y me ha hecho un hombre nuevo, con vida y salud”.
Esta misma experiencia que recientemente escuchaba, la podemos aplicar a la exhortación que Josué hace al pueblo de Dios cuando les invita “a que teman a Dios, cumplan sus mandatos, le sirvan con toda sinceridad y dejen la idolatría de los dioses falsos que conocieron sus antepasados en Egipto y en otros países”.
Josué, frente a la rebeldía de su pueblo, les dirá: “Yo decido con mi familia servir sólo al Señor de nuestros ancestros, de nuestros antepasados”.
El pueblo reconoce la acción de Dios en la vida comunitaria, como han sido liberados de la esclavitud de Egipto, como con grandes prodigios los ha acompañado en su peregrinar a través del desierto, como han logrado que sean protegidos frente a las guerras y ataques de pueblos vecinos. Y ellos también responden a una sola voz: “Lejos nosotros de abandonar al Señor verdadero, al Señor de Abrahán, Isaac y Jacob, para ir a servir a otros pueblos”.
Josué quiere reconfirmar esta promesa, este juramento, y les advertirá: “Si sirven a Dios, Él les bendecirá, pero nunca olviden que Dios es celoso de nuestra voluntad y no perdonará nuestros delitos, nuestros pecados, si volvemos a caer en idolatría de dioses falsos. Por eso solo a Él lo podremos servir o si no se exponen como pueblo a ser maltratados y aun aniquilados”.
Pero nuevamente el pueblo de Israel le dirá a Josué: “No, nosotros solo serviremos al Señor”.
Josué les dirá: “Ustedes son entonces los testigos, ustedes son los testigos presenciales de que solo al Señor, Dios de nuestros ancestros serviremos y a Él solo obedeceremos su voz”.
Esta imagen de la primera lectura me recuerda la vida de tantas personas que, en momentos de grandes sufrimientos, inenarrables que parecen insuperables, han sido rescatados de grandes peligros. Como decíamos al comienzo de la reflexión “de las garras de la muerte”, de una situación económica calamitosa, de una situación de infortunio que parecía no tener solución. Y como no obedecer, como torcer nuestra voluntad frente a los falsos dioses del mundo, llámese el dinero, la vanidad, los placeres terrenales, el bienestar, el egoísmo, la conveniencia, el utilitarismo de los demás. Sólo cuando un hombre ha vivido el dolor en su vida y ha sido rescatado amorosamente por el poder de Dios, con toda confianza, con toda humildad, con total entrega, aprende a confiarse totalmente en el Señor.
Pero pasemos al evangelio de hoy de san Mateo, que en una línea similar a un evangelio que ha salido hace pocos días, nos habla de cómo a Jesús, (como lo hacían con los grandes rabinos y los maestros famosos en la época de Él), la gente espontáneamente llevaba a los niños para que se les bendijese imponiéndoles las manos. Los discípulos de Jesús, pensando que los niños fastidiaban al Maestro, tratan de impedir que los niños lleguen ante Él, ante su presencia y los regañan. Pero los regañados son los discípulos, los apóstoles, cuando Jesús les dice: “Déjenlos, no impidan que los niños se acerquen a mí, porque los que tienen corazón de niños, esos son los que entrarán al Reino de los cielos”.
Hoy reconocemos, como decíamos en días pasados, que un niño es aquel que siente la impotencia, la imposibilidad, la mendicidad sustantiva de su esencia por su falta de estatura, su falta de discernimiento, su falta de vigor físico y por eso se confía totalmente a sus padres. Así debe ser el creyente, reconociéndose en humildad, en la verdad de su pequeñez, la impotencia, la debilidad, la fragilidad. Colocarse completa y confiadamente en las manos amorosas del Padre Dios.
Qué difícil para nuestro mundo tan autosuficiente, tan prepotente, tan orgulloso, tan llenos de nosotros mismos, porque tenemos un poco de conocimiento, de avance tecnológico, de bienestar material, un poco de posibilidades materiales. Como nos cuesta dejarle un espacio a Dios en la vida, abrir el corazón al Trascendente, al Creador de cielo y tierra, de las plantas, los animales, al Creador de la raza humana. Cómo con un poco de conocimiento ensoberbecidos y con mucho atrevimiento desafiamos a Dios.
Hoy, cuando muchos desde el mundo intelectual, el mundo artístico, el mundo de los famosos hacen gala de menosprecio sobre Dios. Cuánto necesitamos corazón pequeño, corazón de niños, corazón que se siente dependiente, corazón que no se confía en sí mismo para entender las maravillas, los designios y los misterios del Reino de los cielos.
Con razón Jesús en otro pasaje evangélico, agradece al Padre de los cielos: “Porque ha revelado los misterios del Reino, no a los sabelotodo, a los inteligentones, a los entendidos y poderosos del mundo; sino a los pequeños y simples de corazón”.
Hoy, ante la pregunta ¿te sientes como un niño frente a la grandeza, el poder y la gloria, la trascendencia y la inmensidad de Dios? O, por el contrario, ¿te sientes un pequeño “diosecito” que cree saberlo todo, que pretendes tener control sobre todas las variables de tu vida?
Te digo que si ese es el camino que has elegido, vivirás de angustia en angustia, de sobresalto en sobresalto, de incertidumbre en incertidumbre. Porque no podemos tener nunca control sobre todas las variables de nuestra vida, porque somos totalmente dependientes, porque hoy tenemos salud y mañana no, hoy tenemos juventud y mañana no, hoy tenemos belleza y mañana no, hoy tenemos unas oportunidades y mañana no, hoy tenemos vigor y mañana no, hoy tenemos relaciones sociales poderosas y mañana no, hoy tenemos riqueza material y mañana no. Todo lo del mundo es deleznable, todo lo del mundo es finito, es pasajero, es contingente. De manera que es una verdadera tontería no aprender de los niños, no aprender de su capacidad de confiarse totalmente a sus padres. Como el creyente debe aprender por su vida de fe a colocarse confiada, amorosa y libremente en las manos y en el regazo siempre bueno del gran Señor, del buen Dios.
¡Señor, danos la humildad y el corazón de los niños; danos confiar nuestra vida sólo a Dios!
Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.