¡Piensas como los hombres, no como Dios!

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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO San Mateo 16, 13-23 Lecturas del Día de Hoy: Primera Lectura: Números 20, 1-13 El mes primero, la comunidad entera de los hijos de Israel llegó al desierto de Sin, y el pueblo se instaló en Cades. Allí murió María y allí la enterraron. Entonces le faltó agua al pueblo, y amotinándose contra Moisés y Aarón, les dijeron: “¡Ojalá hubiéramos muerto en la paz del Señor, como nuestros hermanos! ¿Por qué han traído a la comunidad del Señor a este desierto, para que muramos en él nosotros y nuestro ganado? ¿Por qué nos han sacado de Egipto, para traernos a este horrible sitio, que no se puede cultivar, que no tiene higueras ni viñas ni granados, ni siquiera agua para beber?” Moisés y Aarón se apartaron de la comunidad, se dirigieron a la tienda de la reunión y ahí se postraron rostro en tierra. La gloria del Señor se les apareció y el Señor le dijo a Moisés: “Toma la vara; reúne, con tu hermano Aarón, a la asamblea, y en presencia de ellos ordena a la roca que dé agua, y sacarás agua de la roca, para darles de beber a ellos y a sus ganados”. Moisés tomó la vara, que estaba colocada en la presencia del Señor, como él se lo había ordenado, y con la ayuda de Aarón, convocó a la comunidad delante de la roca y les dijo: “Escúchenme, rebeldes. ¿Creen que podemos hacer brotar agua de esta roca para ustedes?” Moisés alzó el brazo y golpeó dos veces la roca con la vara y brotó agua tan abundante, que bebió toda la multitud y su ganado. El Señor les dijo luego a Moisés y Aarón: “Por no haber confiado en mí, por no haber reconocido mi santidad en presencia de los hijos de Israel, no harán entrar a esta comunidad en la tierra que les he prometido”. Ésta es la fuente de Meribá (es decir, de la Discusión), donde los hijos de Israel protestaron contra el Señor y donde él les dio una prueba de su santidad. Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo 95(94), 1-2.6-7.8-9 (R. 8) Señor, que no seamos sordos a tu voz. Vengan, lancemos vivas al Señor, aclamemos al Dios que nos salva. Acerquémonos a él, llenos de júbilo, y démosle gracias. Señor, que no seamos sordos a tu voz. Vengan y puestos de rodillas, adoremos y bendigamos al Señor, que nos hizo, pues él es nuestro Dios y nosotros, su pueblo; él nuestro pastor y nosotros, sus ovejas. Señor, que no seamos sordos a tu voz. Hagámosle caso al Señor, que nos dice: “No endurezcan su corazón, como el día de la rebelión en el desierto, cuando sus padres dudaron de mí, aunque habían visto mis obras”. R. Señor, que no seamos sordos a tu voz. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 16, 13-23 En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”. Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías. A partir de entonces, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”. Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!” Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.

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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¡Piensas como los hombres, no como Dios! La travesía del Pueblo de Dios por el desierto es paradigmática, es modélica, es el gran símil de nuestra travesía existencial por el desierto de la vida. Cuántas veces hemos experimentado sequedad en el corazón, hambre de eternidad, sed de infinito, y sentimos que la vida es el lugar como el desierto de la nada, del silencio, el lugar de la prueba, el lugar de tantas preguntas sin respuesta, de tantas palabras que arrastra el viento. Al pueblo de Dios le aconteció que dudó profundamente cuando sintió una sed quemante en sus organismos, en sus cuerpos, en sus personas, y dudaron del liderazgo de Moisés y de su hermano Aarón. Protestaron contra ellos, diciendo: “Ojalá hubiéramos muerto como nuestros hermanos delante del Señor. ¿Por qué nos has traído a morir a este desierto como bestias, como nuestros animales? No tenemos grano, ni higueras, ni viñas, ni granados, ni agua para beber, como lo teníamos en Egipto, mientras estábamos allá en esclavitud”. La murmuración del pueblo de Dios no es solamente contra Moisés y Aarón, en el fondo es una murmuración contra Dios. Pero Él escucha la súplica de su pueblo, en esa experiencia del desierto, el lugar de la nada, el lugar de la prueba, el lugar de las S: silencio, soledad, sequedad. Dios actúa portentosamente y dirá el Señor: “Moisés y Aarón que se aparten de la comunidad y se dirijan a la entrada de la tienda del encuentro y postrados en tierra delante de ella, la gloria del Señor se les apareció”. Y le dice el Señor a Moisés: “Toma la vara y reúne a la asamblea del pueblo, tú y tu hermano Aarón, y háblenle a la roca en presencia de ellos y de la roca brotará agua en abundancia. Luego sacarán agua de la roca y darán de beber al pueblo y a sus animales”. Moisés efectivamente, tomó la vara en la presencia del Señor como Él se lo mandaba, y con Aarón reunieron a la asamblea delante de la roca y Moisés dijo: “Escuchen, rebeldes, ¿creen que podemos sacarles agua de esta roca?” Moisés nos dice el texto de Números capítulo 20: “Alzó la mano, golpeó la roca con la vara en dos oportunidades, y luego brotó agua tan abundante que bebió toda la comunidad de israelitas y todos los ganados y rebaños que ellos llevaban”. Sin embargo, el Señor pronunció una sentencia sobre Moisés y Aarón, porque habían dudado de Él, de su poder y sobre todo, de su amor fiel, que nunca desampara. Y dirá a Moisés y a su hermano Aarón: “Por no haberme creído, por no haber reconocido mi santidad y mi gloria en presencia de los hijos de Israel, no habrá de entrar esta comunidad en la tierra prometida”. A este lugar, a esta roca se le llamará luego la fuente de Meribá. De ahí que el salmo responsorial que la liturgia de este día nos propone, nos dice: “Ojalá escuchen hoy la voz del Señor, no endurezcan el corazón como en Meribá, como el día de masah en el desierto, cuando sus padres, sus antepasados, me pusieron a prueba y me tentaron. Aunque habían visto mis obras magníficas y gloriosas, cuando con poder los había liberado de la opresión y la tiranía del faraón y su ejército egipcio”. Pero pasemos al evangelio de hoy cuando Jesús en un diálogo espontáneo con los suyos, quiere indagar sobre la percepción que la gente tiene sobre Él, cómo lo perciben, cómo lo miran, cómo lo aprecian. Los discípulos espontáneamente le dirán a Jesús: “Que algunos le ven en el misterio de su Persona, como Juan el Bautista que había sido decapitado por Herodes, o como Elías, el gran profeta del Antiguo Testamento, o como Jeremías o alguno de los grandes profetas de siglos atrás”. Pero luego Jesús, continuando con este diálogo, les pregunta directamente a ellos y ustedes, ¿cómo me perciben a mí?, ¿quién creen que soy Yo después de que me han acompañado en tantas jornadas de predicación, de sanación, de exorcismo y liberación de espíritus malos? Y Pedro, siempre audaz, Pedro, siempre líder, toma la palabra y le dice a Jesús: “Tú eres el Mesías, el enviado, el ungido, el Hijo del Dios vivo”. Para nosotros, quizás la palabra Mesías poco significa, pero para un israelita, un judío hace 2000 años era la expresión máxima con la que se podía calificar a alguien, porque todos los profetas anunciaban hasta el cansancio la venida hacia el futuro de un Mesías liberador, salvador de Israel. Más allá de todas sus necesidades y penurias sería el enviado por Dios. Pues Pedro así percibe a Jesús y la respuesta de Jesús es de admiración y le llama: “Bienaventurado a Simón Pedro” y le dirá “que esa afirmación que Él ha manifestado no ha sido revelada por la inteligencia de la carne o la sangre, sino por el Espíritu del Padre de los cielos”. Y a renglón seguido le dice a Pedro, dándole el primado sobre el resto de los apóstoles: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Y le hace una promesa: “El poder del mal del infierno nunca derrotará la Iglesia”. Promesa que se ha cumplido a lo largo de 20 siglos, 21, para ser exactos, más allá de persecuciones, más allá de odios, más allá del martirio de tantos santos, Dios se ha sostenido en su promesa y ha cuidado la Iglesia. Y culminará diciéndole a Pedro: “Te daré la autoridad de las llaves del Reino de los cielos. Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Esta es la autoridad que Pedro ha legado a 267 pontífices hasta León XIV y en ellos hemos encontrado la autoridad para comprender la Escritura y el depósito de la fe, el mensaje de Jesús, inalterado en su esencia a lo largo de 21 siglos. Pero el evangelio de san Mateo continúa y nos dice que, a renglón seguido, después de la profesión mesiánica de Pedro sobre Jesús, por el cual Jesús le felicita, luego Jesús manifestará uno de los tres anuncios de la Pasión y Muerte que vivirá a manos de los sacerdotes y escribas, donde tendrá que padecer, ser ejecutado en la cruz y resucitar al tercer día. Y el Pedro luminoso que acababa de llamarlo ¡Mesías, Hijo de Dios!, ahora vuelve a intervenir audazmente y con gran iniciativa le dice: “Lejos de ti, Jesús, que tengas que sufrir, que te tengan que crucificar y ejecutar. Eso jamás te podrá pasar, porque tú eres el Mesías”. Pero Pedro no había entendido el verdadero mesianismo de Jesús y el que unos segundos antes le había felicitado cuando le dijo esta afirmación “de que soy el Mesías, no te lo ha revelado carne ni sangre, sino mi Padre de los cielos”. Ahora Jesús reprende, regaña fuertemente a Pedro y le dice: “Ponte detrás de mí, satanás. Tú, Pedro, para mí eres piedra de tropiezo, porque piensas como los hombres, no como Dios”. Hoy te pregunto ¿cuántas veces en la vida hemos pensado como los hombres en el éxito, el triunfo, el bienestar? Pero no pensamos como Dios que la cruz es camino seguro de cielo, que, como decíamos, en evangelios precedentes, no hay monte de la transfiguración sin monte de la crucifixión, que no hay gloria sin cruz, que no hay triunfo, sin autoexigencia, disciplina, y que no podemos resucitar sin morir primero a nuestro pecado de orgullo, de comodidad, de egoísmo, de envidias, de resentimientos. El Pedro que unos segundos iniciales había sido felicitado, ahora es reprendido fuertemente por Jesús. Así es el hombre, no sólo Pedro, así es la condición humana. Hoy exaltamos a Jesús, hoy le decimos sí con toda la fuerza de nuestro corazón. Y mañana, ante la primera prueba o ante el primer anuncio de la pasión, decimos, eso no nos puede pasar. Y Jesús nos tendrá que decir: “Estás en el camino de satanás, estás engañado. Piensas como los hombres, no como Dios”. Cuánta gente con una mirada supremamente humana donde sólo prima el bienestar personal y egoísta y no es capaz de sacrificio, servicio y entrega de la propia vida. Piensa como los hombres, pero no como Dios el Cristo que vino no a ser servido, sino que vino a servir y a dar su vida en rescate por todos. Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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